[ VAMO A METER A ER NENE EN LA MALETAAAAA ]
Tras, aquellos fuertes azotes contra el muro, el azabache de orbes color carmín procedió a cargarlo en brazos cuando, notó al contrario completamente débil.
Su mirada no mostraba nada más que seriedad, pues, era su trabajo, después de todo, no mostraría tanta alegría en ciertos casos.
Fue, caminó hasta la parte trasera del automóvil, que por cierto, ya yacía abierta.
Simplemente le colocó ahí con poco cuidado, era bastante pequeño el muchacho, al menos en comparación a Blass, por lo cual parecía que fuese como la ficha perfecta del puzzle.
Tras cerrar aquel compartimiento, el muchacho de cabellera obscura caminó hacía la parte delantera del automóvil y subió, cerrando la puerta a su lado.
Tras, algunas horas, con exactitud, casi dos horas, el automóvil se detuvo en la puerta del hogar del azabache, esperando a que, retirase al muchacho dentro de aquel lugar.
Fue, cuando abrió aquel compartimiento, que Hattori relamió sus labios con lascivia, tomando entre brazos al joven, observando a su alrededor para así despedirse con un ademán de mirada a quien conducía aquel automóvil.
Simplemente caminó a su hogar, abrió la puerta que yacía sin tranca, y entró, cerrando la puerta con una patada tras de si.
Ahora quedaba dejarle en el sótano, que fue lo que haría.
Al haberse encaminado por el largo pasillo de su hogar, observó la puerta abierta del sótano, que la había dejado como tal por si acaso.
Bajó con cuidado, cada escalón sin intentar tropezar, siquiera tenía la luz encendida, pero era tal la costumbre que el muchacho mayor no se equivocaba de ninguna forma.
— Bueno, te espera una buena mañana y días, si es que sobrevives.
Murmuró observando sonriente al joven de las heridas.
Simplemente al bajar, se acercó a la pared de aquel sótano, más bien, una de ellas.
Las manchas que yacían en el suelo, imposibles de remover, eran de sangre antigua, sin aroma por así decirle, de tantos intentos de limpieza que tuvieron con toda clase de productos.
Entre, un breve suspiro, logró dejar al muchacho sobre el suelo frío, para, colocar unas cadenas tanto en una de sus muñecas, como en la otra.
Simplemente aquellas cadenas yacían colocadas hasta la pared, una cercanía poco favorable para quien estuviese allí.
Poco considerado de no dejarle ni una manta, el asesino a sueldo se sentó en una silla que había por ahí, en la esquina obscura de aquel sótano.
O casi completamente.
Se sentó, a fumar, uno, dos cigarrillos.
Mientras fumaba, observaba a aquel precioso muchacho con atención.
Atendería sus heridas cuando despertase, si es que llegaba a hacerlo.
— Despierta, mocoso.
Alzó su voz, masculina, algo ronca por así llamarle.
Simplemente arqueaba su ceja e inclinaba su mirada un poco ante no recibir respuesta.
Esperaría un poco más, solo eso.
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