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Poema favorito?

Tengo varios. Este es uno de ellos:
"Si copia tu frente
del río cercano la pura corriente
y miras tu rostro del amor encendido,
soy yo, que me escondo
del agua en el fondo
y, loco de amores, a amar te convido;
soy yo, que, en tu pecho buscada morada,
envío a tus ojos mi ardiente mirada,
mi blanca divina...
y el fuego que siento la faz te ilumina.
Si en medio del valle
en tardo se trueca tu amor animado,
vacila tu planta, se pliega tu talle...
soy yo, dueño amado,
que, en no vistos lazos
de amor anhelante, te estrecho en mis brazos;
soy yo quien te teje la alfombra florida
que vuelve a tu cuerpo la fuerza de la vida;
soy yo, que te sigo
en alas del viento soñando contigo.
Si estando en tu lecho
escuchas acaso celeste armonía
que llena de goces tu cándido pecho,
soy yo, vida mía;
soy yo, que levanto
al cielo tranquilo mi férvido canto;
soy yo, que, los aires cruzando ligero
por un ignorado, movible sendero,
ansioso de calma,
sediento de amores, penetro en tu alma"

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¿Preguntas profundas o preguntas simples?

gemini
Mientras pueda preguntar y hayan otros que sigan preguntando, me dará igual. La clave está en no dejar de hacerlo nunca, sea el tópico principal complejo o todo lo contrario. Por supuesto que hay posibilidades de que me y te odien por buscar un tercer ojo; por supuesto que te pelearás y me pelearé con medio mundo por investigar e investigar, pero es justamente ahí, en la cuestión, donde se revive, donde se disfruta de la bebida más exquisita.
Espero la humanidad no deje de preguntarse nunca, F. La duda es vida.

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Priscilla.

Apenas recibí la información sonreí como hacía tiempo no sonreía. ¡Es que no lo podía creer! Me levanté del asiento de un salto y abrí grande mis ojos. Quería llorar, reír, abrazarla, decirle que no la defraudaría, que haría todo lo que estuviera a mi alcance para ser una profesora ejemplar. ¡Estaba de fiesta! Miré a Priscilla, asentí con la cabeza y me acerqué un poco más extendiéndole así la mano.
"Gracias, señorita", dije en un momento. Mi cara, roja por completo, parecía fuego. Eran tantas las emociones que cargaba y trataba de controlar que no veía la hora de salir de allí y darle la noticia a mi padre.
Cogí su mano, la sacudí levemente y apoyé la izquierda por encima de la que ya tenía sujetada. El calor de su piel me generaba confianza, comodidad. Si bien la chica de había mostrado seria los quince minutos allí dentro, no podía evitar sentirme cómoda y relajada al tocar su mano. Desde luego que seguía siendo un saco de nervios, pero su piel no la hacía verse tan estricta, tan yo, y era justamente eso lo que necesitaba.
"¿Cuándo empiezo a trabajar?", pregunté segundos después aún sin dejar de mirarla. Solté su mano y aseguré el bolso en el brazo derecho.

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Priscilla.

Escuché atentamente palabra por palabra, oración por oración. No quería distraerme otra vez y olvidar la mitad de las cosas. Que si era probable, lo era, en especial cuando no había dormido nada, pero aunque no se notara, hacía lo posible para observarle y estar concentrada.
Luego de haber terminado, ordené la carpeta que llevaba en mi falda y me levanté del asiento para ir hasta donde la mujer. Extendí mi mano derecha, miré sus ojos y se la entregué con delicadeza. Si bien tenía todo bajo control puesto que había pasado la noche entera sacando folios y agregando otros, me daba curiosidad saber por qué tantas preguntas. Rato antes ya había tenido una entrevista con el director y la duda me carcomía la cabeza. Aún así, sabía que Priscila era la hija del dueño, así que aunque me incomodara debía adherirme a lo que pedía sin protestar.
"Soy Licenciada en matemáticas", empecé diciendo. "Si se fija en mi hoja de vida, verá que estudié en la Universidad Kloster Street seis años consecutivos. Apenas obtuve el título el año pasado pensé en esta institución, más aún después de haber sido recomendada por amigos y familiares." Coloqué el bolso entre las piernas y suspiré. "Su padre, el señor O'Sullivan, me comentó que precisaban profesoras de matemática. De acá mi llegada."

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Priscilla.

"Me acabo de recibir", respondí llevando la mirada fija en los papeles hacia el techo. "Esta sería la primera vez como docente pero no la primera vez trabajando", agregué segundos más tarde. Luego arrecosté mi espalda contra el asiento.
El silencio de la sala era melodía para mis oídos, y el cuadro retractado en la pared no podía deleitar más mis ojos. Lastimosamente para ellos, la luz de un celular llamó su atención y arruinó el espectáculo. Enderecé un poco mi cuerpo, separé ambas manos y giré la cabeza. Fue segundos después, quizá diez o quince, cuando olvidé el retrato y me di cuenta cuán concentrada estaba en el cabello de Priscilla; lacio y recto pero ondulado en las puntas. Dos por tres encontraba ondas parecidas a las olas de mar vistas desde un edificio a lo alto, y otras, recuerdos de mis padres y yo bañándonos en la playa.
En eso, mi celular sonó. Me estremecí por un momento e introducí la mano en el bolso para sacarlo rápidamente. Al ver el número de mamá colgué sin siquiera pensarlo. No quería ni verla. Por eso mismo, volví a guardarlo donde estaba para luego fijar mis ojos en el móvil de la chica. "¿Qué buscará?", pensé algo confundida.

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Priscilla.

Entré a la habitación, me senté en una de las sillas contra la pared y crucé mis piernas. ¡El asiento estaba tan frío que parecía haber estado deshabitado por más de diez años! El metal enfriaba mi cuerpo de arriba a abajo, y el nerviosismo que tenía no me dejaba estar tranquila. Quizá el problema era yo y no el ambiente. De hecho, es lo más seguro.
"Una compañera de trabajo solía trabajar acá", respondí por inercia. Ya me había aprendido el diálogo de memoria; tantas entrevistas... tanta práctica, tanto todo. Al principio pensé que el nerviosismo me volvería loca, que caducaría en cualquier momento, pero ya estaba ahí y faltaba muy poco poco para obtener el trabajo. No podía irme.
"¿Pregunta por mi apellido?", dije después. Miré a Priscilla y pude notar que buscaba y leía papeles como si tratara de hacer conexión con mi ida al colegio. "De ser así, le confirmo que nadie me recomendó porque no pertenezco a ningún círculo social", exclamé adelantándome. Acomodé mi cabello, junté mis manos y bastó de unos segundos para que comenzara a jugar con ellas.

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David.

"No creo que Alaia vaya", respondió Gabriela haciendo una mueca. Alzó las cejas y luego me miró.
Desde luego que no iría, pero allí, con todos observando, no podía decir que no, fue por eso que asentí con la cabeza enseguida. Luego tragué saliva. Las discotecas nunca habían sido de mi interés y esa no sería la excepción. Si bien iría con una amiga, tanto el ambiente como los recuerdos me desanimarían.
"Nos fue bien", dije en un momento para desviar la conversación. Fijé mi mirada en David y fue imposible no sonreír. Me pareció extraño que se acordara del examen, que preguntara por él, en especial cuando dos de sus compañeros no hacían más que insistir e insistir. No obstante, me acomodé mejor en donde estaba y respondí: "Espero haber obtenido, por lo menos, un ocho."
Gabriela rodó los ojos, suspiró hondo y río. "¡Pasaste todo el verano estudiando, Alaia!", exclamó. "Raro sería que no aprobaras con 10." Dicho aquello, tomó un poco de su bebida y llevó dos papas fritas a su boca.

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He leído "Una carroña" ¡me ha gustado mucho! Te iba a pedir que me recomendaras un libro, tal vez...una novela, estoy en estos días deborándome todo pesé a tantas cosas a las que me enfrento, necesito distracción, y me gustaría un libro, si no es molestía.

Maat
No suelo leer novelas, Maat. Prefiero libros de historia y matemática. Aún así, puedo recomendarte algunos cuentos, poemas y leyendas que seguro te gustan.
La gallina degollada, Horacio Quiroga.
Al lector, Baudelaire.
Rodríguez, Francisco Espínola.
El rayo de luna, Bécquer.

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«Espacio libre»

Mal Igna
"¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a esta porque era rubia, a aquella porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.
Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba: -Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?"
El rayo de luna, Bécquer.

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